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Se me cae el tiempo de los bolsillos porque me sobra. Mi sombra lo mira caer y me hace reproches desde el pasado. 
“¿Por qué no lo has usado?”, me pregunta con un tono maternal.
Pero ese tiempo no lo puedo canjear y tampoco lo puedo regalar, es personal e intransferible, así que le sostengo la queja.
Me concentro en mi inspiración y en mi expiración, en el vaho que sale de mi cuerpo, la sangre que corre cada vez más espesa y en medio de ese embelesamiento,  se me ocurre charlar.
Mantengo conversaciones con mi tiempo abandonado, hablamos del principio y del final y sabemos que ya no hay juventud, ni perdón, ni interés mayor que el del ahora, porque lo que jamás se agota es nuestra charla y nuestra sombra ya duerme a nuestra vera, agotada de vernos quemar palabras. 

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