Un dolor en el corazón.

En algún momento comenzó a notar cierta tirantez en el nudillo del dedo corazón de su mano derecha. Pensó que se debería a un pequeño golpe del que no se acordaba y no le dio mayor importancia. Aunque, al cerrar el puño, al coger un objeto, en definitiva, al flexionarlo, el dolor se volvía agudo y se sentía algo impedido para algunas tareas sencillas. Escribir, era un poco incómodo y poco a poco le fue dedicando cada vez menos tiempo, resultaba insoportable después de pocos minutos de sujetar el bolígrafo en las manos.
Con el tiempo, concluyó que si mantenía la mano extendida le iba de maravilla, a veces, sin darse cuenta cerraba el puño menos aquel dedo y cuando se percataba, sentía una humillación y una vergüenza tan grande, que bromeaba con quien tuviera al lado y cambiaba bruscamente de tema.
Pronto, se convirtió en un tic totalmente descontrolado. Quizás en el trabajo terminaba haciendo el mismo gesto con la mano y los compañeros o los clientes a los que atendía se sentían confundidos y le dejaban con la palabra en la boca. Poca gente le saludaba ya al verle. En el bar, hacían como que no le veían y no le atendían, los hijos de algunos vecinos lloraban al verle aparecer al principio de la calle y se metían en casa o corrían entre las calles.
Nadie entendía porque les hacía aquel gesto a todas horas y en su cabeza todo se hacía cada vez más confuso y doloroso. Si hacía el esfuerzo por cerrar el puño y mantenerlo así todo el trayecto de vuelta a casa, las lágrimas le bajaban por la mejillas y si alguien se le acercaba para saber de su estado, con preocupación, al intentar responderle amablemente, le mostraba la mano y en la cara del bienintencionado caballero, estiraba el dedo delante de sus narices casi sin poderlo controlar y entonces veía como se daba la vuelta, mirándole con desprecio y farfullando todo tipo de improperios.
Un niño desde un coche le sacaba la lengua y él levantaba su dedo al aire a modo de saludo y el niño comenzaba a llorar, a esas alturas, para su satisfacción.
Un fotógrafo callejero quizo conocer su historia.
- ¿Por qué está tan enfadado señor? ¿No se da cuenta de que la gente le odia? ¿Por qué cree que su opinión es tan importante? ¿No cree que con su arrogancia cae usted mismo en su crítica? ¿Quizás es alguna performance sobre la alienación de la vida moderna? ¿Es usted artista?
- Yo sólo ... ¡Me duele el dedo una barbaridad! No puedo flexionarlo, no sé qué me pasa.
De súbito, aquel testimonio de dolor y sufrimiento se conoció y todos se conmovieron por su propia crueldad hasta aquel momento. 
Se puso de moda, saludarse mostrando alegremente el corazón al aire, se vendían camisetas y chapas en las boutiques de moda. La gente se hacía fotografías con él cuando se lo cruzaban por la calle. Apareció un Twitter, un Instagram y un Facebook con su foto, llena de seguidores. Aparecieron al poco perfiles de odio y rechazo con su foto enmarcada en una señal de prohibido, también con muchos seguidores. Ya no lo podía soportar más, su vida seguía siendo ajena a su voluntad, el dolor lo seguía dominando.
En un momento sin más, fue al médico y al fin todo acabo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario