Un fin de semana en menos de un folio.

Me desperté, limpié un poco, puse varias lavadoras, cambié las sábanas. Cuando acabé de hacer esas cosas de gente grande, me puse una película y luego leí hasta que fuera la hora a la que había quedado para ir a ver tiendas, que es algo que rara vez hago.
Compré de manera compulsiva un libro de Amélie Nothomb, como hago siempre desde que una vez vi uno, no lo compré y luego me arrepentí muchísimo. Pensé en ser igual de impulsiva con una pequeña cámara instantánea de color blanco, pero cuando eres pobre, la velocidad de tu culpabilidad no tendría nada que envidiarle a Usain Bolt.
Me acosté y me desperté a la mañana del día siguiente, muerta de hambre, desayuné de forma copiosa, leí casi todo el resto del día, vi una peli en la televisión  y unos realitys sobre personas que no son precisamente los empleados del mes, pero que viven en Nevada y siempre imaginé que por los grifos de los baños no corría el agua con cal como aquí, sino agua con virutas de oro, o directamente fichas de casino, así que no creí que les supusiera un problema de gran envergadura, buscar otro trabajo a la mañana siguiente.
Me acordé de los estudios de Milgram, viendo un documental sobre el nazismo y pensé que en general el ser humano es un asco, que todos lo somos, pero que por suerte hay "anomalías", gente que entiende en todo momento, que algo es moralmente reprobable y no se deja almibarar o amedrentar por nadie, así sea un puto nazi cabrón de mata a hombres mujeres y niños al pie de fosas llenas de cal viva. Y me dejé dormir.
De repente, ha sonado la alarma y tengo que ir a trabajar. Empezaré hoy lunes, hasta que acabe el día e irán sucediendo el resto de días de la semana, martes, miércoles, jueves... . Durante estos días, pensaré que habría necesitado otros dos días más para desintoxicarme del ambiente enrarecido en el que me muevo y así poder sentarme a escribir. Así que caigo en el sopor del lunes y hago planes para escribir al llegar por la noche, leer en la pausa del mediodía y escribir también el martes desde muy temprano. Cosa que ya sé de antemano que no haré, pero intento imaginarme cosas y esperar que sucedan por la propia inercia de mi cabeza que manda sobre este pesado cuerpo de lunes por la mañana. 
Acabo de levantar la vista al reloj de pared, me quedan diez minutos para irme, miro a Yoko (mi perrita blanca y negra), y con su coleta en lo alto de la cabeza le brillan los grandes y redondos ojos y yo le acaricio detrás de la orejita y ella ladea la cabeza. La dejo con su cama llena de huesos y peluches, con comida y agua suficiente porque temo que si me pasa algo, ella no tenga qué comer o qué beber y eso me genera tanta ansiedad que decido que por la noche le daré un gran paseo y le lanzaré su pelota una y otra vez hasta que ya sea oscuro y tengamos que volver a casa. 
Me doy cuenta de que entonces no podré escribir, que esta mierda es todo lo que escribiré en la semana, pero me siento justificada porque Yoko me mira con esas dos grandes canicas negras que tiene en medio de la cara y a pesar de todo, me hace sonreír. 
Me tengo que ir ya. Hasta pronto, espero.



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