Jugadora.

La gente no necesita saber tu nombre, excepto que pretenda venderte algo o follarte. Y a veces, para eso tampoco. Como ya habrás deducido, lo que quieren es escuchar el suyo, a ser posible con una sonrisa. Con poca ropa... mejor que mejor.
Nadie quiere saber tu jodido nombre, a nadie le interesa, les interesa el suyo propio, así que finge llamarte como alguno de ellos o sus hijos y juega a ese juego de jugar a que juegas a las reglas cuando lo que quieres es follarte a alguien o venderles algo. Son las reglas básicas, simples en su forma y algo más complejas en la práctica tal vez, si no fuera así no tendría ninguna jodida gracia y supongo que lo que ocurre, es que pensarlo de esa manera, me proporciona cierto alivio. 
Puedes drogarte, eso no está mal, olvidarte de todo. Puedes ser un consumidor eventual de alguna sustancia psicotrópica y amodorrarte en la cama viendo videos de youtube, comiendo galletas de chocolate mientras tu perra se intenta abalanzar sobre ti y cazar alguna migaja que masticará con la boca abierta mientras no aparta la mirada de tu mano que sostiene aún, la última mitad de una Oreo. Esa pequeña bola esponjosa y graciosa de pelos. Abandonarte, sin pensar demasiado en nada, sólo en la vida, que se te echa encima.
La vida es simple, jode y gana pasta o gana pasta y jode. Los hay que en un alarde de picardía lo han juntado todo.
El mundo no te necesita, no vienes a cuento. 
Ella sabía todo esto, lo sabía de la misma forma que lo sé yo. 
Un hombre como yo suele tener una larga vida, una vida llena de hondo dolor y prolongado sufrimiento. Pienso en que lo padezco de la misma manera que lo he provocado en los demás, como si fuéramos balanzas en las que el destino se va cagando a cada poco, para que no olvidemos el tipo de escoria que en realidad  somos.
Era un investigador brillante, todos lo sabían, todos en esta condenada ciudad lo sabían y me llamaban sin parar. Tuve que contratar a una maldita secretaria, pero todo aquello quedaba lejos. Todo lo que hice para llegar a ser el mejor, estaba enterrado por el tiempo. 
Deslizo el oscuro humo hasta lo más profundo de mi cuerpo y lo expulso con magnificencia, sujetándolo firme pero delicadamente entre los dedos, observo la elegancia de mi mano en ese gesto y lanzo la colilla como un proyectil a la carretera, aún roja y humeante, la observo rebotar hasta consumirse totalmente con la humedad del asfalto. 
¿Cómo he podido ser tan estúpido?
Ella tampoco estaba allí, no había ni un solo club que no hubiera visitado aquella noche y empezaba a alegrarme de haber dejado el trabajo. Estaba oxidado, machacado, arruinado, borracho y después de un año buscando, esa mujer había destrozado el poco amor propio que me quedaba. El recuerdo de su boca pronunciando mi nombre, aquellos labios carnosos y húmedos abrazando cada una de las letras que componen mi nombre, me torturarán cada noche y no creo que merezca hacer nada para remediarlo.